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De aquí salió el Grifo de Redován, escultura ibérica que acabó en el Museo del Louvre y no regresó a España hasta 1941; al lado, la sierra de Callosa.

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En las excavaciones de la última década del siglo XIX apareció en Redován un yacimiento ibérico con cerámica de importación grecolatina y varias esculturas que fueron a parar al Museo del Louvre. Entre ellas, el Grifo de Redován: un animal fantástico de ojos saltones, fauces abiertas en forma de pico, cresta denticulada y cuernos de cabra. La pieza no regresó a España hasta 1941. Antes de los íberos ya hubo gente aquí: el Bancalico de los Moros, el Rincón y el Cabezo son de la Edad del Bronce, lo que convierte a Redován en uno de los pueblos más antiguos de la Vega Baja. El nombre, en cambio, es árabe, y lo más probable es que venga de un militar musulmán llamado Reduan.

El pueblo está a 28 metros, encajado entre la huerta del Segura y la sierra de Callosa, que remata en el pico del Águila (568 m). Llueve poco —menos de 280 mm al año— y hay unos 320 días de sol, así que la huerta de cítricos y hortalizas depende de las acequias, los pozos y el trasvase.

Cómo entrar

No hay muralla ni portal que cruzar: escribes el nombre que quieras usar y entras en la sala. Ni registro, ni correo, ni esperas.

La sierra que solo tiene Redován

La sierra de Callosa, con sus murallones de caliza dolomítica y su pinar carrasco a los pies, guarda plantas que no existen en ningún otro sitio del mundo: el rabo de gato (Sideritis glauca) tiene aquí toda su distribución mundial, y en estas laderas resisten los últimos reductos del chumberillo de lobo y la cambronera. Por arriba vuelan el águila perdicera, el halcón peregrino y el búho real. Quien sube al Peñón de la Lobera o al Collado del Lobo sabe de qué hablamos.

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