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A finales de los noventa se proclamó Capital Mundial de la Aceituna de Mesa: aquí la manzanilla fina sevillana lo marca todo, del jornal al calendario.

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El nombre viene de lo más prosaico que uno pueda imaginar: las pilas, los abrevaderos que se levantaron en este cruce de caminos del Aljarafe donde se juntaban las rutas de Aznalcázar a Hinojos y de Carrión de los Céspedes a Villamanrique. Desde entonces la historia del pueblo se cuenta con el olivar de fondo. La manzanilla fina sevillana, con sus gordales, rozapallas y verdiales, dio tanto de sí que a finales de los noventa Pilas llegó a considerarse Capital Mundial de la Aceituna de Mesa.

Antes del olivo estuvo el barro. Los barreros, canteras de arcilla hoy en desuso, surtieron durante siglos los hornos de ladrillos, tejas y cerámica; aceite y tejas eran precisamente lo que los hacendados pileños llevaban a vender a Sevilla en los siglos XV y XVI. Y en la ermita de Belén se conserva, embutida en la fábrica del edificio, una qubba almohade: el germen del casco urbano tal como lo conocemos.

Cómo entrar

Entrar cuesta menos que aparcar en el pueblo un día de mercado. Se escribe un apodo, se pulsa y ya estás dentro: sin registro, sin correo, sin contraseña. Se puede leer un rato antes de decir nada, que nadie va a pedir explicaciones.

El Alcarayón, la marisma y las Jornadas de Historia

El arroyo Alcarayón, afluente del Guadiamar que baja desde tierras onubenses pasando por Manzanilla, Escacena, Carrión y Huévar, ha sido el desagüe natural del término hacia las marismas y buena parte de la explicación de su agricultura. Hacia el sur el campo entra en contacto con la marisma; el arroyo de Pilas ya forma parte del parque nacional de Doñana, y parajes como la Damiana y la Robaína se citan por su paisaje y su botánica. Y un detalle poco común en un pueblo de catorce mil habitantes: su Jornada de Historia va por la vigesimosegunda edición y ha dejado publicados veintiún volúmenes.

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