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Capital de la Hoya de Buñol: castillo de origen musulmán, doce fábricas de papel en el XIX y una tomatina de interés turístico internacional.

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Buñol es lo que ocurre cuando un pueblo de interior, a 441 metros de altitud, se pone a fabricar. El castillo y el núcleo urbano nacieron en época musulmana, pero el gran empujón llegó con el ferrocarril en 1887: la industria papelera se fortaleció y en el último tercio del siglo XIX se contaban hasta doce fábricas de papel, con buena maquinaria y producción diversificada. En los años setenta del siglo XX la industria ocupaba al 75 % de la población activa frente al 5 % del sector primario; después los servicios han ganado terreno, pero la industria buñolense sigue siendo fuerte.

Es municipio castellanohablante en pleno interior valenciano, y el habla lo delata: manglanero, pañuelá, trebajar. Palabras híbridas entre los dos idiomas, como el propio pueblo entre la costa y la meseta.

Entrar sin mancharse de tomate

Aquí no hace falta esperar a la Tomatina ni acabar empapado: pones un apodo, entras y ya estás hablando con gente de la Hoya.

Agua, sierras y la Tomatina

La fiesta más conocida es la Tomatina, declarada de interés turístico internacional en 2002, pero el término da para mucho más el resto del año. Lo cruza el río Buñol, afluente del Magro, al que se une el río Juanes, un riachuelo de montaña que pasa por la Cueva de las Palomas y sigue por el Charco Mañán; el parque fluvial dejó pozas naturales donde bañarse, aunque la DANA las castigó, igual que el lago y la cascada del entorno de la Cueva Turche, cerrada por el momento. Alrededor se levantan la Sierra de Malacara, con el Pico de la Nevera a 1.118 metros, y la Sierra de la Cabrera. El 47 % del término es superficie forestal. Y hay fallas, como en tantos pueblos valencianos.

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