Foto de Sant Feliu de Guíxols

Chat de Sant Feliu de Guíxols

Desde el mirador de la ermita de Sant Elm, según se cuenta, el periodista Ferran Agulló se sacó de la manga el nombre de Costa Brava.

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El mirador de la ermita de Sant Elm, capilla levantada en 1723 sobre los restos del antiguo castillo de defensa, tiene toda la costa delante. Ahí se sitúa el momento en que el periodista Ferran Agulló bautizó este litoral como Costa Brava. Debajo, la ciudad de 23.141 habitantes se recoge en su bahía entre los cerros de Sant Elm y de Forques, con el monasterio benedictino como pieza mayor: la Porta Ferrada, el núcleo románico del siglo X, la Torre de Fum, la iglesia gótica. Documentado desde el 968, ha ido acumulando siglos y estilos uno encima de otro.

Sant Feliu fue uno de los centros del corcho del Bajo Ampurdán hasta la crisis de los años treinta; el turismo, de marcado carácter familiar, tomó el relevo a partir de los cincuenta, aunque queda actividad corchotaponera. El mercado de los domingos, que viene de siglos atrás, sigue siendo de los más concurridos.

Cómo entrar

El carrilet ya no llega, pero la vía sigue ahí convertida en camino. Para meterse en la sala basta con un apodo: se entra, se lee lo que se está hablando y se responde. Nada de registros ni de correos.

Del carrilet a la Vía Verde

Entre 1892 y 1969 la ciudad tuvo tren propio: un ferrocarril de vía estrecha, de apenas 75 centímetros de ancho, que cruzaba la plana selvatana y el valle de Aro hasta Gerona en casi dos horas. Aquel trazado es hoy la Vía Verde del Carrilet, 39,7 kilómetros ciclables. En tierra firme quedan otras señas: el paseo del Mar, abierto en 1833 y llenado luego de casas señoriales como la Casa Patxot; el Casino La Constància, de 1888, al que todo el mundo llama el casino dels nois; y, monte adentro, Pedralta, la piedra basculante más grande de Europa.

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