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Aguas termales, casas modernistas de la burguesía veraneante y las alfombras de flores que se tienden por Corpus en el Vallés Oriental.

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A La Garriga se la conoce en Cataluña por cuatro cosas concretas: los muebles, el agua termal, el modernismo y las alfombras que se hacen por Corpus. Las tres primeras están enlazadas: el clima, la cercanía a Barcelona y sobre todo las aguas termales convirtieron el pueblo en destino de veraneo favorito de la burguesía catalana a comienzos del siglo XX, y esa burguesía dejó tras de sí un buen puñado de edificios modernistas que todavía marcan el paisaje urbano.

El nombre viene de la planta: garric es la coscoja, del mismo género que encinas y robles, y los romanos bautizaron el lugar por lo mucho que abundaba. De aquellos romanos queda la villa de Can Terrés, en el sur del término, levantada en el siglo I a. C.: un edificio de unos 200 m² considerado, por su estado de conservación, uno de los asentamientos rurales romanos más relevantes de Cataluña. El río Congost, afluente del Besós, atraviesa el municipio de norte a sur, y el término linda con el parque natural del Montseny.

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La Doma y la memoria de la guerra

La antigua parroquia, la Doma, mezcla elementos románicos y góticos y guarda un retablo gótico de 1492 dedicado a San Esteban, patrón del pueblo, atribuido a la escuela de los Huguet-Vergós. Más atrás en el tiempo está la ermita de Santa María del Camino, de origen del siglo X y con la portada del XII, levantada sobre unas ruinas romanas; junto a ella hubo un monasterio que fundó en 921 la abadesa Emma de San Juan de las Abadesas, hija de Wifredo el Velloso, para su hermana Xixilona. De un pasado mucho más reciente queda el refugio antiaéreo de los bombardeos franquistas, hoy visitable con guía.

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