
Chat de Suances
Un malecón levantado en 1878 partió en dos la playa de Suances y decidió cómo crecería el pueblo: la loma arriba, el puerto y la Concha abajo.
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Suances está en la desembocadura del Saja, donde la ría de San Martín de la Arena separa el municipio del de Miengo. El caserío se reparte entre la parte alta y la de la playa, con el puerto pesquero y los arenales de la Concha, la Ribera y la Riberuca; al otro lado de la península de la punta del Dichoso quedan la playa de los Locos y la ensenada de la Tablía. Esa punta es lo más reconocible del paisaje: roca caliza escabrosa, cumbre redondeada y un vértice geodésico llamado Garita. La llaman Roca Blanca, aunque los de aquí siempre dijeron Piedra Blanca.
Hubo un tiempo en que el pueblo se llamaba San Martín de la Arena y su puerto movía ballenas y comercio bajo el control de la Casa de la Vega; llegó a ser tan importante que naves de Santander lo atacaron por diferencias mercantiles. La colmatación de la ría fue apagando aquello a partir del siglo XVII. De la torre de defensa que Diego Hurtado de Mendoza levantó entre 1403 y 1437 solo quedan ruinas.
Cómo entrar
Bajar a la sala es más rápido que bajar de la loma a la playa: un apodo, un clic y estás dentro. Nada de registros.
La playa de los Locos
Suances tiene una hoja de servicios literaria poco común. José María Pereda ambientó aquí La puchera (1889), Amós de Escalante escribió Ave, Maris Stella (1877) y Elena Soriano tituló una novela con el nombre de su playa más brava: La playa de los Locos (1955). El pueblo empezó a ser lo que es a mediados del XIX, cuando se puso de moda el baño y llegaron los chalets; en 1881 desembarcó aquí la reina María Cristina y en 1890 el ayuntamiento se mudó desde Ongayo al edificio ecléctico que aún ocupa.
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Cabezón de la Sal