Vista de Saucillo, México

Chat de Saucillo

Saucillo (Chihuahua), fundado por Luis Alfredo Prado en 1876, hereda el nombre de un sauz de la antigua Hacienda de San Marcos.

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El nombre de Saucillo podría venir de algo tan sencillo como un sauz: la tradición sitúa junto al casco de la antigua Hacienda de San Marcos del Saucillo, a la orilla del río Conchos, un árbol de ese tipo que servía como punto de referencia en el paraje. La hacienda se escrituró el 24 de septiembre de 1717, a nombre de Juan Antonio de Trasviña y Retes, sobre terrenos que iban desde Julimes hasta La Cruz.

La ciudad actual, cabecera del municipio del mismo nombre, la fundó Luis Alfredo Prado en 1876, en una zona agrícola que comparte con Meoqui, Delicias y Camargo. El terreno tiene, sin embargo, historia bastante anterior: formó parte de la antigua misión de San Francisco del Conchos, fundada en 1602, y la propia hacienda pasó por varias manos —entre ellas la Compañía de Jesús, que la recibió en 1749 tras una demanda por un donativo impago, y con cuyo usufructo sostuvo un colegio fundado en 1711 en el actual Chihuahua—. Tras la expulsión de los jesuitas, la Corona la arrendó y acabó abandonada, hasta que en 1811 María Josefa Medrano se instaló allí junto a la familia de su marido, y otras familias militares empezaron a trabajar la tierra siguiendo su ejemplo.

En la sala de Saucillo se junta gente de esa franja agrícola del centro-sur de Chihuahua, vecinos que comparten faena y mercado con Meoqui, Delicias y Camargo, y algún curioso que pregunta por la vieja hacienda y de cómo un sauz de referencia terminó dando nombre a toda una ciudad.

Cómo entrar

Un apodo y un botón bastan para entrar en el chat de Saucillo: no hace falta registrarse ni dejar un correo, el acceso es directo desde el navegador —también en el móvil— y el nombre elegido se puede cambiar en cualquier momento.

Una hacienda que pasó por los jesuitas

La Hacienda de San Marcos del Saucillo cambió de dueño varias veces antes de llegar a la Compañía de Jesús en 1749, después de que sus herederos no pagaran un donativo de treinta mil pesos prometido al Colegio de San Pedro de la Ciudad de México. Cuando expulsaron a los jesuitas, la propiedad pasó a la Corona y terminó arrendada y abandonada, hasta la llegada de nuevos pobladores en 1811.

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